La Buena Semilla: Domingo 20 Octubre
Domingo
20
Octubre
Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.
Salmo 32:5
Perdonado por la eternidad

Los pecados de los creyentes, por numerosos y graves que sean, son perdonados por Dios porque Cristo sufrió en la cruz, una vez por todas, el castigo que ellos merecían. Los siguientes versículos lo atestiguan:

“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Jesús “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Así, Dios puede decir: “Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12). “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17).

El profeta Miqueas utiliza una imagen muy expresiva: “Echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19). ¡Nadie irá a buscarlos allá para llevarlos ante Dios en el juicio!

Por medio del profeta Isaías, Dios también nos dice: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22). Cuando somos “lavados” en la sangre de Jesucristo, no queda rastro de los pecados, así como tampoco queda rastro de una nube en el cielo cuando el viento la dispersa.

Notemos que Dios nunca es indiferente al pecado: no lo excusa, sino que lo perdona. Dios es santo, no puede soportar el mal, no puede tolerar lo que se opone a su gloria y a la felicidad de sus criaturas. Si perdona, es porque es justo. En efecto, el castigo por los pecados ya fue ejecutado sobre Cristo. Él llevó los pecados de los que creen. Desde ahora estos pueden gustar con gozo la justicia y el amor del Dios que es “amplio en perdonar” (Isaías 55:7).

Deuteronomio 14 – Juan 8:31-59 – Salmo 119:1-8 – Proverbios 25:23-24